Al caminar por el lado sur de la Plaza de Armas de Santiago, se puede observar una forma de vida precaria, expuesta, a la que generalmente se mira con desprecio: la indigencia.
Utilizan los bancos de la plaza como sala de estar, comedor, dormitorio y hasta como baño. Las personas en situación de calle ponen a la ciudad a su servicio para poder sobrevivir.
Por María José Díaz
Dos mujeres de aproximadamente 50 años y con ropa harapienta, se sumergen dentro de la pileta que se encuentra en el centro de la Plaza de Armas. Chapotean largando risotadas y se lavan el pelo con shampoo ballerina.
Terminado el baño, toman sus zapatos y caminan hacia el Portal Fernández Concha, donde tienen sus pertenencias: una especie de mochila envuelta en una frazada, de la que cuelgan zapatos, una chaqueta y tachos.
Estas mujeres pertenecen al grupo de más de 15 personas, cuyas edades fluctúan entre los 20 y 60 años, y que a pocas cuadras de la oficina del alcalde, cada noche buscan un rincón para dormir o refugiarse.
Durante años, este ha sido su escenario de vida, o mejor dicho, un “hogar” en el que el día a día se convierte en una lucha por conseguir las necesidades básicas.
La presidenta Michelle Bachelet en su primer discurso del 21 de mayo dijo "avanzaremos en la lucha contra la pobreza. La meta al 2010 es ambiciosa: indigencia cero".
Según informes del Ministerio de Planificación (MIDEPLAN), hoy existen aproximadamente 7.254 personas viviendo en la calle a lo largo de todo Chile. Informe que el encargado de la Hospedería del Hogar de Cristo, Felipe Osorio, califica como un “dato referencial” nada más, “porque yo creo que fácilmente esa cifra podría multiplicarse por dos e incluso por tres”, cuenta Osorio, argumentando con su experiencia en el rubro.
Sólo en la Región Metropolitana, el MIDEPLAN logró cuantificar a 3.458 personas en situación de calle, lo que constituye el 47,7% de la población que no tiene hogar y que vive con menos de $24.000 de ingreso mensual.
La división por sexo de las personas indigentes es de un 85% hombres y 15% mujeres, según el Catastro de Personas en Situación de Calle hecho en 2005 por la Fundación Red Calle y el MIDEPLAN.
Una vida al margen
María Leiva (40), es una de las mujeres que conforman ese 15%. Aunque confiesa que hoy ya no duerme en lugares públicos, sino que con su pareja Víctor, en una pieza en Santiago Centro. María vivió durante 15 años a la intemperie, merodeando siempre en el sector de Plaza de Armas. Su vida en la calle ha sido esporádica, porque muchas veces volvió a su casa por periodos cortos, hasta que se desligó de su familia para siempre.
Al igual que la mayoría de las personas que habitan en la calle, antes de hacerlo, María vivía en una casa familiar con su mamá y su hermana en Recoleta. El lugar de origen de este grupo social tiende a ser de una residencia familiar, una con un amigo, o un conocido, y conforman el 71% de los casos. Según el Catastro de 2005, las tres principales razones por la que la gente abandona el hogar son por problemas familiares, económicos, o porque no tienen una casa donde llegar.
María cree que se escapó de su casa por primera vez a los 21 años. No recuerda la edad con exactitud y tampoco desea hacer un esfuerzo por rebobinar su memoria. Entre ideas mezcladas, cuenta que salió de su casa por maltrato. “Estas piernas me las tenían todas moradas”, dice María apuntándolas. Su mamá y su única hermana la golpeaban, además del daño sicológico que le provocaban. “Mi hermana siempre me trataba de maraca culiá, de perra y de cochina”, cuenta. De ellas –su única familia directa– no quiere volver a saber. De hecho no les ha hablado hace “millones de años”, recuerda María. “Yo quiero tener mi vida con mi pololo solamente, con nadie más”, dice.
¿Opción personal?
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Cuando Leiva escapó de su casa, dormía en un ruco- nombre que se le da a un albergue hecho con cartones y desechos- y se aisló del mundo, no quería que la encontraran. “Nadie me quería. Yo andaba cochina y hedionda, toda cagá. Llegaba a un lugar y todos me decían sale pa´ allá cochina”, cuenta María. Su mamá la fue a buscar varias veces, volvía a la casa, los problemas seguían y se volvía a escapar.
Mucha gente cree que vivir en la calle es una opción, por eso las personas en situación de calle no salen de allí. Con la historia de María se puede reconocer que las opciones no son muchas.
“El camino a la calle no es una opción sino un proceso gradual”, explica Felipe Osorio. Comienza muchas veces en la infancia con la deserción escolar. Este proceso avanza y se empiezan a quebrar los vínculos con la familia, más adelante con el trabajo, y finalmente con todas las redes sociales.
Desarrollo intelectual y salud vulnerable
Leiva no sabe leer ni escribir. Dice que fue a un colegio de Coanil a los siete años, pero no recuerda con claridad. Estuvo poco tiempo, porque su mamá la dejó de llevar.
A diferencia de María, cerca del 84% de las personas en situación de calle sí saben leer y el 82 % sabe escribir. La tendencia es que los hombres que saben leer y escribir superan a la proporción de las mujeres. Esta diferencia se va agravando en la población mayor de 60 años. Pero se invierte en los tramos jóvenes: las mujeres superan a los hombres en los segmentos de edad menores a 29 años.
En cuanto a nivel educacional, prácticamente la mitad de las personas indigentes no tienen la enseñanza básica completa.
María actualmente no sufre algún problema de salud grave, pero sí hubo un momento difícil en su vida que la hizo correr peligro vital. Cuando llegó a la calle y no tenía las herramientas ni el conocimiento de la vida a la intemperie, comió de la basura y se enfermó por semanas. “Eran unos dolores terribles de la guata”, cuenta. María recuerda que se quedó en su ruco y no pidió ayuda a nadie. “No me gusta a mí pedir ayuda, además yo no tengo carné entonces no sé si puedo ir al consultorio”. Cerca del 24% de las personas indigentes no ha solicitado ayuda alguna cuando tiene un problema, contra el 39% que pide auxilio a instituciones de beneficencia que constituyen la entidad más concurrida por este grupo social, entre ellas las m
ás recurridas son el Hogar de Cristo, Nuestra Casa y Ejército de Salvación.
María no tiene adicciones. No consume alcohol, ni drogas y tampoco fuma. “Mi marido toma, es bueno pal’ trago el viejo, pero yo no tomo, me hace mal y no me gusta”, dice María.
Cerca del 33% de este grupo tiene problemas con el alcohol y es mucho más común en hombres que en las mujeres. Con respecto a las drogas, no superan el 10%. El mayor problema de salud que persiste en este círculo no son tanto las adicciones, como se piensa comúnmente, sino que son los problemas dentales los que afectan al 40% de estas personas.
Vida de pareja
“El Víctor es mi salvación” dice María cuando se refiere a su pareja. Lo considera su marido aunque todavía no estén casados.
Víctor y María se conocieron hace cuatro años, él la encontró cuando estaba durmiendo en unos cartones. Se le acercó y la ayudó para que saliera de la calle. “Me acuerdo que me llevó a una hospedería para que me bañara y comiera, y yo me fui con él porque me dio confianza”. Luego de un tiempo, se fueron a vivir a la casa de la mamá de Víctor y más tarde a una pieza en Santiago Centro. Él es un gran apoyo para ella porque le da dinero para sus cosas, le consiguió trabajo en el mismo lugar que él, haciendo aseo en la Iglesia Santo Domingo y le dio una suegra que la quiere. “Mi suegra, que yo le digo mamá, es lo que más quiero después del Víctor”, dice.
Es muy poco común que las personas en situación de calle tengan una pareja. De hecho la gran mayoría permanece solo (57%). Pero sí es usual que la vida en pareja colabore para salir de la calle, como es el caso de María y de otras personas que tienen como norte el matrimonio y la constitución de una familia.
Un fenómeno mundial
Que en Chile se cuantifiquen más de 7.000 personas viviendo en la calle, no implica que sea una característica propia de países subdesarrollados. Es más, en países avanzados como los son Canadá, que posee una población sin hogar que oscila entre las 100 mil y 250 mil personas, de una población total de 28 millones, el fenómeno es patente. En Estados Unidos 3,5 millones de personas no tienen dónde vivir y son parte de los 300 millones de habitantes que tiene el país. Otro caso es Alemania, donde 591 mil personas de 82 millones de habitantes no tienen un techo para refugiarse.
Según explica Andrés Ulloa, Trabajador Social de la Fundación Moviliza Chile, este fenómeno no se puede superar, “no porque las políticas públicas sean ineficientes, tiene que ver más con la voluntad de las personas en situación de calle” comenta Ulloa. No se puede obligar a cambiar el estilo de vida de la gente, sólo se puede ayudar entregándoles el derecho a una vida más digna.
Políticas de gobierno y autoridades
La Fundación Moviliza Chile, es la encargada de ejecutar el “Programa Calle” del sistema de protección social del Gobierno, Chile Solidario. El trabajo de esta fundación consiste en la búsqueda de personas que vivan en la calle en la comuna de Santiago, para analizar su situación y sus complejidades. En ella, se da una ayuda sicosocial, en la que se elabora un programa de acuerdo a las necesidades de cada caso y dura 12 meses. Entregan las herramientas para que estas personas puedan acceder a las necesidades básicas: salud, educación, habitabilidad e ingresos son las más importantes.
A diferencia de los esfuerzos del Gobierno y las fundaciones de beneficencia, la Municipalidad de Santiago no tiene entes que ayuden a superar esta situación en específico. En uno de los programas implantados por el municipio, Esfuerzos Locales en el Combate de la Delincuencia, se determinó erradicar a las personas en situación de calle de los espacios públicos de la comuna, debido al temor que estos producen.
Carolina Gallardo, asistente del concejal Bruno Baranda, confiesa que la municipalidad no tiene las armas para combatir este fenómeno. “Si un vecino llama porque un indigente se instala afuera de su casa, lo único que pueden hacer es llevarlo a una comisaría para que le den un café y después lo suelten” dice Gallardo.