martes, 24 de noviembre de 2009

Cines Triple X: cada día más impotentes




Hace más de dos décadas que los cines para adultos han permanecido vigentes en el barrio Plaza de Armas. Sin embargo, estos últimos años han sido de lucha constante en contra de las fiscalizaciones, el internet, el tv cable y la crisis. A pesar de eso, tienen su público cautivo y frecuente, quienes hacen de éste, un negocio todavía rentable, pero que paulatinamente va adquiriendo un futuro cada vez más incierto.

Por María José Díaz

Los cines Triple X siguen con vida a pesar de muchas dificultades, algunas de ellas son las fiscalizaciones y el recelo que les tiene de la Municipalidad de Santiago. Los títulos como “Diabólicamente anal” y “Embajadora sexual”, alteran a la Coordinación de Seguridad Comunal y al mismo tiempo deleitan a su público cautivo.

José, un técnico que trabaja en el Cine Nilo cuenta que “se venden unas 90 entradas al día”, mayoritariamente a sus clientes frecuentes. Una parte considerable de estas 90 personas (comúnmente hombres), asisten a los cines Triple X en busca de algo más que imágenes pornográficas: hacer o recibir servicios sexuales, según cuenta Eduardo Botetano, Coordinador de Seguridad Comunal de la Municipalidad de Santiago.

Un blog gay en internet escrito por un anónimo denominado Mr. Turbio, relata una serie de consejos para ir en busca de sexo a un cine porno. Sumado a esto, existen jóvenes que practican sexo oral por $10.000 dentro de los cines, según cuenta al diario La Tercera, un joven de identidad no revelada, relacionado con el caso Spiniak. La situación lo amerita: en las salas obscuras que se alumbran sólo con la pantalla, pueden darse estas situaciones con facilidad.

Las fiscalizaciones por parte de la municipalidad y Carabineros suceden a menudo. En ellas se regulariza que sólo haya mayores de edad, que se cumplan los horarios establecidos (de 10.00 a 23.00 horas), que no haya propaganda pornográfica en el exterior de las dependencias del cine y por supuesto, que adentro todo esté en orden, es decir, que no haya sexo real.

A pesar de los esfuerzos de estas dos entidades por hacer que se cumplan las normas pertinentes, Botetano asegura que cada vez que se hace fiscalización, de alguna manera se informan en el cine de que llegaron carabineros e inspectores, y desde luego, los espectadores se tranquilizan. “Lo importante en estas situaciones es llegar a probar que se están cometiendo acciones que van en contra de la moral y las buenas costumbres, eso es lo complicado”, dice el Coordinador de Seguridad Comunal.

Un negocio hermético y rentable


La senil mujer, de cabello despeinado y lentes gruesos, que trabaja en la boletería del cine Nilo, no da ningún tipo de información con respecto a las ventas, clientes, colegas y administradores. Eso sí, deja a la vista los talonarios de dos salas, uno de color rojo va en el número 52 de un talonario de 100 y el otro de color verde en el 36, todo esto a las cinco de la tarde.

Un acomodador que asegura trabajar hace más de 30 años en la empresa y la administradora que simula no estar, son igual de herméticos que la vendedora de entradas, no dan información alguna. En otro cine, llamado Capri, la boletera también se niega a dar respuesta ante cualquier pregunta, de hecho, ni siquiera revela su nombre.

Pero con los números que quedaron a la vista, es posible hacer una aproximación: 88 entradas vendidas a $1.500 en un día, produce una ganancia neta de $132.000 diarios. Mensualmente las ganancias son cercanas a los $3 millones, 168 mil, considerando que las salas abren de lunes a sábado.

José cuenta que “hace varios años se vendía mucho más, algo así como 200 entradas”.

El Coordinador de Seguridad Comunal rinde cuentas: “la tendencia actual de las salas es a la baja. Quienes las frecuentan son cada vez menos y en poco tiempo a los cines no les resultará rentable tener estos espacios”.

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